La hazaña del Pampero

Publicado oct 14, 2008, en Historia

En Europa, y gracias al entusiasta brasileño Alberto Santos Dumont, Aarón Martín Félix Anchorena voló en globos aerostáticos y le escribió a su amigo Jorge Alejandro Newbery acerca de las magníficas
ascensiones. Newbery le rogó que trajera un globo a la Argentina. Anchorena acudió a Dumont, que tenía varios.
El brasileño le dijo: “Elige el que tú quieras y te lo llevas”. Aarón optó por uno que había utilizado siete veces en París y le generaba mucha confianza. En noviembre de 1907, Anchorena y el globo aerostático arribaron en barco a Buenos Aires. Luego de cumplir con una serie de trámites –permisos de aduana, autorización de vuelo y puesta a punto del globo bautizado con el nombre de Pampero–, Newbery y Anchorena anunciaron que realizarían un primer vuelo desde la Sociedad Sportiva, en Palermo.
¿Por qué eligieron ese lugar? Porque necesitaban un descampado donde pudieran maniobrar con facilidad.
Además, como se trataba de una demostración a beneficio (la recaudación sería destinada a la
construcción de un nuevo asilo en la ciudad), nada mejor que la Sportiva para recaudar, ya que contaba con tribunas y quedaba a muy corta distancia del paseo del parque Tres de Febrero, que en aquel tiempo era la cita obligada de las tardes sociales porteñas. Pero, sobre todo, porque a corta distancia había una usina de gas –ubicada más o menos donde hoy está el edificio que recibe los bochazos de Lolo Castagnola y Bautista Heguy, en la Cancha 1– que permitiría proveer al Pampero.

INFLACIÓN
El 24 de diciembre a las diez de la mañana comenzaron a llenarse las tribunas con el público y el globo con el gas.A las tribunas les iba bien, al globo no. Porque no conseguían que se completara la carga, por falta de cañerías adecuadas y de la presión necesaria. Veinte granaderos –llegados desde el cuartel de Patricios, su alojamiento provisorio hasta que terminó de construirse el propio en la avenida Luis María Campos– fueron destinados a colaborar para que el Pampero se inflara. Tal vez ésta haya sido la única derrota en la gloriosa historia de los Granaderos de San Martín. Porque fue imposible conseguir la presión suficiente y, a eso de las cuatro de la tarde, los espectadores comenzaron a abandonar el Campo: la Nochebuena se acercaba y ya era tiempo de ocuparse de los preparativos.
Llegó la Nochebuena, llegaron los brindis y, a las dos de la mañana, Jorge Newbery se dio una vuelta por el Jockey para anunciar que al amanecer volverían a intentar el vuelo. Los primeros madrugadores de la Navidad de 1907 se acomodaron en las gradas de la Sportiva. Pero la usina seguía fallando y la inflación demoraba todo. A las once, cuando al Pampero aún le faltaba más de un cuarto de gas para inflarse por completo, Aarón Anchorena se cansó y gritó: “¡Larguen!”. Dos docenas de brazos soltaron los sacos de arena que retenían al globo y el Pampero se elevó rumbo al Río de la Plata. La posibilidad de que cayera al agua estaba prevista: dos embarcaciones de la marina habían sido apostadas en La Plata y en Dársena Norte por si era necesario acudir en rescate de los eronautas. Además, la lancha particular de Aarón –se llamaba Pampa– tenía orden de perseguir a su dueño. De esta lancha se tomaron los dos salvavidas que se colgaron del canasto, de un metro cuadrado, del globo. Ése es el motivo por el cual, en las fotos del Pampero, se ven salvavidas que dicen Pampa.
Previsor, Jorge Newbery llevaba una cámara de fotos para tomar las primeras vistas aéreas de Buenos Aires. Vieron achicarse los pañuelos blancos que se agitaban, los sombreros Panamá que algunos lanzaban y los parasoles de las señoras (en aquel tiempo, una mujer con la piel tostada no se correspondía con una dama de clase, sino con una mujer que ¡trabajaba!). Lo último que escucharon fueron los ladridos de un perro. Luego todo fue silencio.
Durante cinco horas los pioneros de la aeronavegación en la Argentina sobrevolaron el Plata hasta que alcanzaron Colonia del Sacramento, en Uruguay. El descenso tuvo sus complicaciones: debieron deshacerse de lastre y, entre los objetos que lanzaron, estaba la cámara que atesoraba las imágenes aéreas (y que, por supuesto, se perdieron). El canasto tocó tierra en la Barra de San Juan, al norte de Colonia. Las primeras palabras, las históricas, fueron en inglés: Jorge le dijo a Aarón “Merry Christmas” y se apretaron las manos. Anchorena le respondió:“Happy New Year”.

ESTANCIA ANCHORENA
En cuanto regresó a Buenos Aires, Aarón corrió a saludar a su madre, la espléndida Mercedes Castellanos de Anchorena, Condesa Pontificia, quien vivía en el actual Palacio San Martín, que entonces era su casita en Retiro.
Pero doña Mercedes estaba furiosa. Le prohibió a su hijo que volviera a subirse a ese canastito y, a cambio, ella lo complacería en algún otro capricho menos peligroso.Doña Mercedes no estaba para sustos. Aarón –quien no tenía 12 años sino 30, pero parece que era muy obediente– le pidió que le comprara la estancia donde había caído. Su madre se comprometió a hacerlo, a cambio de que se deshiciera del globo.
El 1º de enero de 1908 a las nueve de la noche, en la confitería de los hermanos Canale en la calle Florida, un grupo de 45 locos –Anchorena, Newbery, Sebastián Lezica, Julián Paso Viola, Diógenes Aguirre, Carlos Aubone, Juan Cossio, Juan Carlos Vivot y Roberto Zimmermann, entre otros– fundó el Aéreo Club Argentino.
No Aero, Aéreo. Anchorena donó al club el globo que le había comprado a Santos Dumont. Mercedes
Castellanos cumplió su palabra y lo convirtió en propietario de la soñada estancia de 11.000 hectáreas en la Barra de San Juan. Newbery fue a visitarlo el 25 de diciembre de 1912, pero en avión, su nuevo amor.
Separado de Zelmira Paz de Gainza –dueña de La Prensa–, sin hijos y peleado con todos sus parientes,
Aarón Anchorena legó la estancia al gobierno uruguayo para que fuera utilizada como quinta de
descanso presidencial y reuniones protocolares.
Aarón fue enterrado en sus jardines cuando murió en 1965, cincuenta años después de que Newbery,
separado de Sarah Escalante, se matara en un accidente aéreo en Mendoza. El ataúd de “George”, como solían llamarlo, viajó en tren hasta Puente Pacífico y cincuenta mil personas marcharon a despedirlo en la capilla ardiente que le hicieron en la Sportiva (el campo de Polo de Palermo), allí donde había nacido su pasión por el vuelo. Fue la escala previa a la Chacarita.
Sarah Escalante rehizo su vida. Se casó con Antonio Maura, quien se afincó en Buenos Aires y se entusiasmó con un deporte: el polo. En las tierras de Pilar, que Sarah había heredado, Maura se reunía para taquear con sus amigos. Al verlos jugar muy despacio, Sarah opinó que el equipo de ellos debía llamarse Tortugas. Le hicieron caso: Maura y sus amigos fundaron el Club Tortugas.
Sarah y Antonio Maura tuvieron una hija, Inés, quien se casó con Emilio Roviralta. Inés y Emilio fueron los padres de Huberto, cuya velocidad en el juego, sin llegar a ser vertiginosa, supera con holgura a la de su abuelo y amigos.

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